lunes, 19 de mayo de 2014

Yo vi jugar al León de Matosas

-"Las pasiones no se controlan, se les da sentido". Carlos Flores Montúfar
-"¿Qué vas a saber de sufrimiento si nunca perdiste una Final de Ascenso?" Cristián Macouzet

Aún recuerdo cuando León se encontraba sumido en la terrible División de Ascenso. Perder una Final comenzaba a hacerse costumbre y me preguntaba con angustia si alguna vez volvería a ver a mi equipo en Primera División. La verdad es que nunca perdí la fe y hasta ejecuté las apuestas más "estúpidas" y arriegadas afirmando que León quedaría campeón del Máximo Circuito antes que Cruz Azul, sin que siquiera se pudiera vislumbrar el Ascenso cerca. Creo que era mi forma particular de expulsar de mi organismo la añoranza que me generaba no saber qué se sentía ser Campeón.

Algunos años atrás, mi primo Beto y yo pasamos varias de nuestras tardes platicando con el gran Capitán Esmeralda, Alfonso Montemayor (Q.E.P.D.), campeón de Liga con el León en 3 ocasiones (47-48, 48-49 y 51-52). Él solía relatarnos las proezas dentro de la cancha y sus experiencias en un mundo futbolístico completamente distinto al de la actualidad. Era inevitable salir de su casa y no sentir un dejo de nostalgia, porque evidentemente la época dorada de León ya había concluido y no nos había tocado vivirla.

-"Me hubiera gustado nacer en 1930. ¡Imagínate haber visto a León bicampeón!"-le decía a Beto cuando nos marchábamos.

Estos últimos días, tan llenos de pasión desbordada, he tratado de reflexionar y descubrir por qué me emociono tanto nada más de ver a mi equipo saltar a la cancha, por qué me tiemblan las manos cada que pasamos de ronda en la Liguilla, por qué se me enchina la piel de escuchar el grito de la afición y por qué me dan ganas de llorar cuando veo las repeticiones de los goles del Ascenso y el Campeonato en el Azteca (y ahora del Bicampeonato).

La respuesta a todas estas preguntas es: Porque desde los 6 años había querido ver a mi León campeón y ni en mi mejor sueño pensé que sería así, tan perfecto. Estoy viviendo una época que nunca me imaginé haber vivido. Mi León no sólo gana; también gusta, juega con alegría, busca el arco rival en todo momento, no se intimida en ningún escenario, llámese Azteca o Maracaná, disfruta la vocación ofensiva, tiene garra, remonta marcadores adversos, mete goles de chilena, de disparos fuera del área o con jugadas de 35 toques. Mi León es un León de ensueño, ¿cómo no volverse loco y desbordarse de pasión?

 Soy el loco que se viste de verde la semana entera. El loco que no le va al Barça o al Madrid, porque le va al León. Soy el loco que se disfraza de Bestia para entrevistar a Matosas. El loco que sigue buscando los goles de las temporadas pasadas y que veía una y otra vez la repetición del campeonato del 92, deseando haber tenido más de 4 años de edad. Soy el loco que tiene el Facebook tapizado de la Fiera. El loco que le grita a la tele como si lo oyeran y que estudia las estadísticas como si fueran tarea. Soy el loco que prefiere ir al estadio que a Disneylandia, el loco que no se controla cuando cae un gol. Soy el loco que no lloró en las finales perdidas, pero si berreó en las ganadas...

No cabe duda de que el éxito sabe y se disfruta más cuando se ha estado sumido en el fracaso.
Gracias León de Matosas, porque con un grupo de jugadores hambrientos de triunfo, trabajadores y con los cojones "así de grandes", desplegaste un futbol efectivo y vistoso. Gracias porque me hiciste testigo de goles que parecen poesías. Gracias porque me ilusionaste desde el principio y esta vez no me fallaste al final. Gracias porque me hiciste saber qué se siente ser Campeón... ¡y Bicampeón! Gracias por el Ascenso, por la sexta en el Azteca y por el Bicampeonato en Pachuca, todo en dos años. Gracias porque borraste los fracasos, el sufrimiento y el pasado maldito. Gracias porque hoy nos toca disfrutar y festejar con nuestro equipo. Gracias porque no sabemos si nos tocará volver a ver algo así. Gracias porque ya estás soñando con el Tricampeonato.

Gracias León de Matosas, porque estamos viviendo la segunda época dorada del equipo. Gracias porque estos años han sido increíbles. Gracias porque ni en mis sueños más guajiros, ni en mis apuestas más salvajes me hubiera imaginado vivir esto. Gracias por tantas alegrías, gracias por los sueños alcanzados...

No nací en 1930 para ver al León dorado de los 40's, pero ya no lo digo con nostalgia, lo digo con el pecho hinchado en orgullo y la certeza de que no me pudo tocar vivir en un mejor momento. Después de todo, les podré decir a mis hijos: "¡Yo vi jugar a un León que marcó época! ¡Yo vi jugar al León de Matosas!".

martes, 4 de marzo de 2014

Llegar puntual

Hacía un día nevado, completamente contrario al de la foto de este post. Me desperté a las 6:00 am en domingo. Segundo día de grabación de seis. La semana laboral comenzó desde el sábado y me esperaba un largo camino en tren a un suburbio desconocido. Sin embargo, para llegar a la estación, tenía que abordar un camión primero. Al ser domingo, el camión sólo pasaba cada 20 minutos. No podía perderlo o no iba a llegar a tiempo. Corrí a la parada de autobús, mientras nevaba densamente. Mi garganta se congelaba por dentro, mis calcetines se mojaban, pero yo tenía que seguir apretando el paso.

De pronto, a lo lejos, divisé el camión (MI camión), llegando a la parada. Aceleré el ritmo aún más, deseando que se entretuviera al cobrarles a los pasajeros. Crucé la calle despavorido apenas divisé que no venían coches y me formé con alivio, esperando mi turno para abordar. Delante de mí se encontraba un grupo de unos siete mocosos ebrios que habían sobrevivido a la parranda del sábado por la noche.

-"Let us ride for free" -rogaba malacopamente uno de los briagos -"Take us to downtown!"

El chófer no se la pensó dos veces: ¡Arrancó el muy hijo de la tiznada!

-¡Heeeeeeeeeeeeeeeeeeey! -grité incrédulo al tiempo que apreté el paso nuevamente entre la nieve, persiguiendo al desgraciado chófer, que ni por mi mochila a la espalda pudo diferenciarme del grupo etílico. Seguro traía la misma cara de desvelado que el resto de los infelices que seguían quejándose a la distancia, y mis ojeras fueron razón suficiente para abandonarme.

Por más que corrí, la escasez de tráfico no me permitió dar alcance al autobús. ¡LAPU7AM@DR3! Mojado, con la garganta raspándome por dentro y totalmente exhausto, revisé mi reloj. Sólo tomando un taxi iba a llegar a tiempo. Maldije y contramaldije, me resigné y agarré el primer taxi que encontré a pesar de mi escaso presupuesto. El chófer hindú no dejaba de describirme las mejores jugadas de la final de hockey de hombres, mientras yo contaba cada segundo antes de que se fuera el tren. A $7 dólares me salió el chistesito.

Llegué justo a tiempo para encontrarme con mis compañeros de grabación, quienes sonrientes me anunciaron: -¡Está cerrada la estación! Ya avisamos al maestro que todos vamos a llegar tarde y dijo que está bien.

¡¡¡JODER!!!

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Mis queridos amigos, hoy hace dos meses que llegué a Vancouver. El tiempo vuela cuando uno anda en friega y divirtiéndose. Todo ha estado increíble, he aprendido mucho, ya grabé mi primer cortometraje en Canadá, por fin puedo ver a mi novia, (aunque a veces sean puros ratitos), y la verdad no he podido turistear mucho, pero Vancouver es una ciudad muy bonita. A pesar de todo esto ¡Sí, sí los extraño bastante! Les mando un abrazo muy fuerte a todos, y aunque de pronto me pierda, quiero que sepan que siempre los tengo muy presentes y que trataré de contarles más historias chuscas que me ocurran.

Hoy me despido mandándole un saludo muy especial y un abrazote a mi querida madre, en conmemoración sus 40 primaveras (quisiera ella). Besos bye!

sábado, 4 de enero de 2014

Hasta pronto, mi querido México


Después de romper el récord mundial de agarrar un vuelo de conexión en menos tiempo, por fin voy volando hacia Vancouver. Las despedidas siempre han sido difíciles. No es sólo que deje mi querida ciudad y mi querido país, con todos los lujos que esto implica (especialmente clima y comida), sino que dejo a todos mis amigos (hermanos) y a mi familia, con quienes ya había establecido una “rutina” bastante divertida y cómoda. Supongo que ya era tiempo de salir de mi zona de confort para seguir creciendo.

No había leído las cartas que me mandaron mis papás, ni los comentarios que me escribieron algunos en mi libreta el día de mi despedida. Acabo de hacerlo entre lágrimas de risa por tanta estupidez y ocurrencia redactada y lágrimas de nostalgia por sus buenos deseos, sus consejos y porque definitivamente ya los extraño.

Es normal que tenga sentimientos encontrados. A pesar de la emoción y la expectativa que me genera este viaje, nunca me voy a acostumbrar a despedirme de la gente que quiero. Soy consciente de que la oportunidad que estoy teniendo para cumplir mi sueño profesional es invaluable y que muchos quisieran poder tenerla. Trabajé mucho para conseguir esto, pero también he sido muy afortunado. Por eso tengo que “romperla” en Canadá.

Por si fuera poco, o faltara motivación alguna para el viaje, mi México me despidió de la mejor forma posible. A lo largo de estos últimos meses me fue dando regalos invaluables, que parecerían detalles simples o cuestiones tontas, pero son esos detalles los que le van dando sabor a la vida y hacen mágica y variada la “rutina”.

Me pude despedir de la playita en Vallarta, vi a Stereophonics, mi última banda preferida que me faltaba ver en vivo, (y a Muse y a Phoenix), México calificó al Mundial, vinieron los Foo Fighters a nuestro país por primera vez en la historia y sin estar de gira, me fui con mi familia una semana al lugar más hermoso del mundo (Chiapas), vi a casi todos en mi despedida, e incluso, durante el transcurso de mis últimos días, me fui encontrando a algunos que no pudieron asistir. Nada más faltaba que León quedara Campeón ¡Y hasta eso pasó! (Y calificó a Libertadores y Concachampions). 

No puedo dejar de mencionar mi despedida de la comida ayer en tacos Don Luis, y el detallazo de los churpios Eugenia, Maye y Jhony, que llegaron de sorpresa a despedirme en el aeropuerto, con todo y que morían de congelación.

Definitivamente, soy muy afortunado y más aún porque todas estas experiencias las pude compartir con la gente que quiero. Nunca voy a dejar de estar agradecido con todos ustedes, y espero que sepan que aquí tienen un amigo, (o primo, o hermano, o hijo, o mascota, o lo que quieran) con quien pueden contar y que les desea que sean tan felices como él lo ha sido.

Los quiero a todos, y aunque algunos ya me plantearon la posibilidad de que no regrese nunca, ya hasta voy a comprar un Smartphone para tener Watsá y que no se libren tan fácil de mí.

Gracias por su apoyo, por compartir su tiempo conmigo, por dejar su sello en mí, por convertir la rutina en un lugar increíble y por hacer tan difícil la despedida.

¡Un abrazo desde el cielo y nos vemos pronto chavales!