sábado, 26 de diciembre de 2009

Sin importar cuántas reglas se tengan que romper



Todo comenzó hace tres años y medio, en los Interjesuíticos del Ciencias. Yo era apenas un adolescente de sexto de prepa con miedo de hablar con las niñas, ella era la niña de cuarto de prepa (y del mundo) más bonita que yo hubiera visto jamás.

-¡P¡nch3 perro suertudo!- maldijo Adrián mi hermano cuando vio que ella me iba a hospedar- ¡Está bien huapa!

Su nombre era Rosita, sus ojos verdes esmeralda y su sonrisa permanente. Cualquiera se hubiera enamorado sin siquiera intercambiar un par de palabras. Después descubrí que no sólo era bella; era amable, simpática, risueña... No teníamos ni dos horas de conocernos y ya reíamos como loquillos. Me burlaba de su horrible escuela, se burlaba de mi horrendo pueblo, terminábamos riendo de nuevo.

Todo era tan bueno como imposible. Sin duda era la niña perfecta, que sin embargo, vivía perfectamente lejos. Recuerdo que no me hice ilusiones, la conocí, pasé la mayor parte de los días con ella, me perdí en su mirada, nos reímos... Llegó el último día. Las últimas horas de una semana que jamás olvidaré, los últimos minutos de algo que en realidad era el principio. Nos despedimos sonrientes, yo inundado de nostalgia, agradeciendo el haberla conocido, recordando que pertenecía a otro lugar.

¿Cómo puede un escuincle de sexto de prepa hacerse ilusiones con alguien que está tan fuera de sus manos? Y ¿cómo diablos puede siquiera atreverse a pensar en ser correspondido por esa persona, si es la más alegre, la más hermosa, la más sencilla, la más perfecta? Ella nunca se fijaría en mí. La demanda era mucha y yo no tenía nada que ofrecer. Había miles mucho más cerca... "Mejor olvídala Macouzet" -pensé.

Después descubrí que uno se podía hacer ilusiones a pesar de semejantes adversidades, pero yo ya no iba en prepa y ella se había fijado en mí (o eso decía). Me encontraba en Chicago pasando el invierno más horrible y solitario de mi vida. Ya tenía más de seis meses ahí. Extrañaba mi país, mi gente.

Hablamos después de casi medio año sin saber nada el uno del otro, precisamente en ese invierno de pesadilla. Le confesé que me gustaba, no sin que antes ella me hubiera insinuado lo mismo (como seis veces, para estar seguro). Me correspondió de inmediato. ¡El sueño del escuincle mocoso de prepa se estaba volviendo realidad! Sólo había un problema, el mismo perfecto problema que antes: La perfecta distancia, más lejana ahora que nunca. Pero no importaba, ¿cómo un detalle tan insignificante iba a arrebatarme a la niña de los ojazos?

Sobreviví al invierno pegado al monitor, esperando cualquier señal de ella. No me faltaba tanto para regresar a León. No podía ser tan difícil, aunque sus señales llegaran cada quince días, cada tres semanas o una vez al mes.

Volví a México por unos cuantos días en unas vacaciones inesperadas. Regresé a su casa, la vi a los ojos de nuevo, comprobé cuanto la quería, pero no me atreví a dar un paso más. La espera había valido la pena, pero mi travesía en el extranjero no había culminado, mi batalla contra el invierno estaba a la mitad. No me atreví a preguntarle si quería ser mi novia, mucho menos a besarla. Ya no iba en prepa, pero aún era un niño, aún tenía miedo.

Otra vez en Chicago. Cada vez con menos frío y con la certeza de que regresaría muy pronto a México (la Migra me había deportado). Jamás creí que un oficial gordo y gringo pudiera hacerme tan feliz: Me estaba obligando a ir a dar el último paso. Sería una gran sorpresa para ella cuando me viera en los Inter de León, exactamente un año después de que nos conocimos.

Ya en mi querida ciudad, el que se llevó la sorpresa fui yo. Ella ya tenía novio y yo ni enterado. ¡Maldita sea! No di el último paso a tiempo, no entendí la falta de señales, me dejé llevar por mi deseo y ahora estaba pagando las consecuencias. Maldije mi suerte durante meses, contramaldije a las mujeres (véase el post "Oda a Manola"), me carcomió la amargura. Había sido un completo estúpido. Nunca andaría con alguien a distancia. ¡Nunca! (¡Y menos del Ciencias!).

Pasó el tiempo, proseguí mi camino después del desahogo, entré a la carrera, conocí muchos nuevos amigos, conservé a los antiguos, la borré de mi mente. Un año y medio después llegaron tiempos difíciles a mi vida. Todo estaba del carajo, todo era una pesadilla que me hacía recordar con añoranza el asqueroso invierno de Chicago.

Necesitaba distraerme, despejarme un rato, así que regresé a Guadalajara a un concierto. Mi enojo se había disipado y la melancolía me llamaba a saber de ella. Por fin le marqué. Para mi decepción ella estaba en exámenes y sólo me podría ver algunos minutos del día siguiente. Me dirigí a su casa dubitativo, con cierta ilusión de recuperar una amistad, con ganas de contarle todo el infierno por el que estaba atravesando, pero con la certeza de que no iba a hacerlo.

Me recibió, pero se mostró fría, indiferente. Fingí ser el mismo niño estúpido de prepa que fui, aunque ella quizá no lo notó. La vi muy poco como para que notara algo. Regresé a León sabiendo que esa amistad estaba perdida para siempre...

Después de meditar lo sucedido, llegué a mi casa a escribirlo todo, denotando la pena que me embargaba, porque yo de verdad la había querido. Escribí una carta que nadie nunca vería, una carta que permanecería sepultada entre los borradores sin publicar de mi blog. Una carta dirigida a ella, la carta más sincera que pudiera escribirle, porque después de todo, jamás la vería.

Continué mi camino, sané la herida. La vida me estaba sonriendo de nuevo y siempre permanecí rodeado de personas valiosas. Ya no me importaba no volverla a ver... Pero la vida tiene formas misteriosas de actuar. El destino es más fuerte que uno y todas sus necedades. Se disfraza de coincidencia y ataca en el momento preciso para regresar todo a donde pertenece (o a donde debería permanecer).

Hace dos meses dejé la computadora prendida, subiendo un video. Ya entrada la noche subí a apagarla. De pronto noté que ella estaba conectada al msn, lo cual era muy raro, ya que se conectaba como dos veces al año. Sin pensarlo mucho y con cierta indiferencia la saludé para comprobar si seguía viva. Seguramente no me respondería, apagaría la computadora y me largaría a dormir.

Para mi sorpresa, me contestó muy efusiva, como si estuviera en prepa. Me preguntó muchas cosas, platicamos durante horas. Parecía noche de confesiones, recordando viejos tiempos, sonrojándonos al lanzar una nueva verdad al aire. Fue ahí cuando recordé la carta sepultada. Se la mandé sin pretender nada. Sólo quería que la viera, y que la tuviera. Ese día me fui a dormir contento de haber recuperado a una amiga.

A partir de ahí, ella me comenzó a buscar DIARIO. Me mandaba mensajes como nunca los mandó. Me pidió mi celular, se conectaba tres veces al día para ver si yo estaba conectado, ¡me acosaba! (Bueno, no tanto así). Sin embargo, yo ya no estaba interesado. Ya me había pasado una vez y no me volvería a ocurrir. Además, pronto me iría a Argentina, y yo ya me había impuesto la regla de irme a Argentina soltero, así que no mostré signo alguno de correspondencia... hasta que un día, estando yo en los Inter de Puebla (malditos Inter, algo tienen), me llegó una carta de ella. La carta más hermosa y sincera que he recibido, llena de confesiones, halagos, arrepentimientos y deseos imposibles de cumplir (porque requerían que rompiera todas mis reglas).

Una carta donde me decía que me quería, que sabía que yo la había querido así alguna vez, y que si no se habían dado las cosas había sido por su culpa, que no me pedía que la quisiera, ni que la correspondiera, pero que si sí se podía... estaría bien padre.

Entonces lo pensé. Lo pensé mucho, porque yo ya me iba a Argentina, porque ya me habían roto el corazón una vez, porque ella seguía viviendo en Guadalajara. Lo medité mucho, porque ella era otra vez la niña sencilla y amable que conocí en prepa, porque ella tenía dos años sin novio y no precisamente por falta de pretendientes, porque Guadalajara ahora estaba más cerca que hacía dos años (antes no tenía ni dinero, ni coche para ir allá), porque nunca nadie había luchado con tanta insistencia para que la perdonara... porque al final de cuentas ella me recordaba los momentos más felices de mi vida.

Y de pronto no fue cuestión de pensarlo. Ya no lo pensaba, ya lo estaba sintiendo. Todos los días tenía detalles hermosos conmigo, la sentía muy cerca a pesar de la distancia. Así que decidí mandar al carajo todas las reglas que me había impuesto, porque lo que sentía difería de lo que pensaba, y lo que sentía era mucho más fuerte. Imposible de ignorar.

Regresé a Guadalajara con intenciones de, por fin, dar el paso que no di años atrás. Estaba nervioso, debo admitirlo, aún tenía mis dudas. Pero después de ver sus hermosísimos ojos, y de ver como me veían, de ver como sonreía, como quedaba atónita por mi simple presencia y de sentir como me abrazaba, todo quedó demasiado claro: "¡Adoro a esta mujer y esos ojazos tienen que ser míos!"-pensé.

Y es así como un escuincle mocoso de prepa cumple sus sueños tres años y medio después. Es así como un corazón roto vuelve a latir como nunca había latido antes. Es así como un pobre diablo sale del infierno y entra a un paraíso que jamás imaginó que pudiera existir. Es así como la vida da vueltas y el destino, disfrazado de coincidencia, finalmente llega a poner orden. Es así como las almas gemelas se juntan.

Es así como un mes después de que la niña de los ojazos está a mi lado, puedo afirmar contundentemente que toda la espera, todas las caídas y todas las decepciones, valieron la pena para que llegara este momento. Es así como uno llega a estar más feliz que nunca en su vida. Es así como los dos nos damos cuenta de que queremos estar juntos, sin importar cuántas reglas se tengan que romper.


¡TE AMO ROUS! ¡SABES QUE SIEMPRE LO HARÉ!

viernes, 25 de diciembre de 2009

La puerta

¡Feliz Navidad a todos!